¡Deja de quejarte de una vez!


  • Autor:  Maria Pia Bachi. Psicóloga
Las quejas son uno de los principales obstáculos que impiden al ser humano evolucionar y ser feliz. Imagínate un mundo (o sencillamente, imagínate tu hogar) donde las quejas fueran peticiones y los problemas se convirtieran en desafíos. En ese mundo no existirían frustraciones porque no conseguir algo no sería un fracaso sino un reto para perseverar hasta conseguirlo.
 
 Es muy cómodo quejarse. Con las quejas, se atrae la atención de los demás; se consigue ayuda externa y se justifica el mal comportamiento. Las quejas permiten disfrazar nuestra propia culpa y anestesian nuestra voluntad, lo cual nos ayuda a exigirnos cada vez menos viviendo así de manera cómoda y epidérmica.
 
Cuando te quejas (¡tantas y tantas veces!) de que tus hijos se quejan, ya te estás quejando. Y con tus quejas, reproduces en un círculo vicioso la dinámica de las quejas. ¿Empiezan ellos o tú? ¿Te has parado a pensar cuantísimas veces al día te quejas de algo?
 
 Te quejas del mal tiempo, de lo caro que está el pescado, de tu jefe, de lo que ponen en la tele, de lo mal que funciona tu coche, de lo mal que has dormido esa noche, de lo solo que te sientes, de tu falta de tiempo. Te quejas de tus hijos porque no estudian, no hacen los deberes, no se limpian los dientes, se olvidan las mochilas, se pelean entre ellos, te faltan al respeto.
 
No te das cuenta pero, sin ser consciente, te pasas el día quejándote. Es una actitud muy humana, incluso es comprensible, pero es agotadora y asfixiante. Y si hicieras un acto de reflexión, te darías cuenta de que tú, en muchas ocasiones, perteneces a este grupo. Claro que la vida es difícil pero. ¿qué ganas con quejarte?
 
La actitud hacía los problemas debe ser de desafío, de superación y optimismo. Si tienes un problema, reacciona y busca una solución. Y si no puedes cambiarlo, acéptalo y que te sirva de lección para el futuro.
 
 
¿Qué puedes hacer para reducir las quejas en tu hogar?
 
 ¡Deja de quejarte, por favor! Durante el próximo mes, ponte este objetivo: identificar tus quejas para disminuirlas poco a poco. Para ayudarte, lleva una pulsera, un anillo, una moneda en el bolsillo (cualquier pequeño objeto que puedas llevar siempre encima) y, cada vez que te quejes, cámbiatela de lado. Esto te ayudará a estar pendiente de tus palabras y a identificar tus quejas. Cuantos menos cambios, menos quejas. Y si no puedes dejar de quejarte, selecciona bien las quejas que saldrán de tu boca para que éstas sean las menos posibles y las más importantes.
 
 Poco a poco se eliminarán de tu vida aquellas quejas inconscientes que te agrian el carácter y la de los que están a tu alrededor. Porque, lo quieras o no, una persona que se queja a menudo no es una compañía agradable.
 
 Enséñale a quejarse con motivo: No te quejes que siempre puede ser peor. Algunos de nuestros hijos han crecido con la costumbre de quejarse por todo: de lo que tienen, de lo que no tienen, de sus obligaciones, de la comida o de la ropa. Y se quejan, en muchas ocasiones, porque tienen demasiados privilegios, privilegios que ellos entienden como derechos.
Ni siquiera ellos mismos se dan cuenta de que se quejan. Están tan acostumbrados que ya es un hábito inconsciente. Se quejan porque no piden o solicitan las cosas sino que las exigen, porque primero piensan en ellos y luego en los demás. Y sobre todo porque (lo queramos reconocer o no) no hemos sabido atajar esta conducta desde pequeños y, en muchas ocasiones, hasta las hemos fomentado rodeándolos de demasiadas comodidades materiales y sobreprotección. Ni decir tiene que nuestro propio ejemplo a menudo no es muy enriquecedor en este sentido.
 
¿Qué hacer? Dale motivos para quejarse justamente. Si se queja por limpiar sus zapatos, dile que limpie los de toda la familia.
Si se queja de que no le gusta su cena, no le dejes comer nada (no sufras, tu hijo está muy bien alimentado y no pasará nada si no cena esa noche; la lección merece la pena. Aprenderá que las coles de Bruselas o los guisantes pueden convertirse en un gran privilegio).
Si se queja de que solo le has puesto medio vaso de limonada, bébete la mitad de esa limonada. Entonces se dará cuenta de que antes tenía mucha suerte por tener medio vaso. Ahora solo tiene la mitad de su mitad.
De esta manera consigues dos cosas: que sea consciente de que se está quejando (muchas veces ni se da cuenta ya que forma parte de su estilo comunicativo) y de que se percate de que su queja era gratuita e injustificada y que, de hecho, la situación previa se podía considerar un privilegio.
 
El secreto para que sea efectivo este consejo es tu actitud. Cuando le corrijas y le des motivos para quejarse, no lo hagas con ironía o a modo de castigo (error: ¡Pues si te quejas por esto, ahora verás!).
Ponte serio y, con cariño y decisión, dile cuando se queje: Solo te he pedido que recojas tus platos, algo que es tu obligación y que esperaba cumplieras sin quejas; ahora quiero que recojas los platos del resto de la familia, además de los tuyos, por favor. Quiero que te des cuenta que antes no tenías ningún motivo para quejarte. Ahora sí puedo entender tus quejas.
 
Llegará un día en que será suficiente con que digas: No te quejes que siempre puede ser peor o recuérdale un posible lema de la familia: En esta casa no nos quejamos. Estas breves frases actuarán como recordatorio y les ayudarán a corregir ellos mismos su comportamiento.
 
 
¿Qué puedes hacer para reducir las quejas en tu hogar?
 
 
Un lema de la familia durante todo el mes o incluso el año podría ser este: .En nuestra casa no nos quejamos; ante los problemas buscamos soluciones..
Instaura un día a la semana de quejas para toda la familia. Fuera de este día no se puede quejar. Diles a tus hijos que se apunten las quejas en una libreta (o en su mente) para expresarlas el día de las quejas. Verás como ese día la queja ha disminuido de intensidad, si es que no ha sido olvidada. Y si realmente es muy importante, podrás discutirla con tu hijo ese día.
 
 Si un día a la semana es poco, elige una hora al día donde tus hijos puedan quejarse (para los más pequeños es mejor este punto). Fuera de esa hora, no pueden hacerlo. Tendrán que reformular su queja para convertirla en petición o tendrán que valorar si en realidad merecía la pena hacerla o no
Elige un rincón de tu casa para que se puedan quejar tus hijos. Coloca una silla y diles que solo se podrán quejar en el Trono de las Quejas. Fuera de ese trono, las quejas no serán oídas.
Aprovecha las reuniones familiares para que tus hijos puedan formular las quejas/problemas de la semana. Saber que cuentan con la oportunidad de ser escuchados disminuirá la frecuencia de las quejas entre semana.
Ante una queja de tu hijo, no reacciones quejándote. No le digas ¡Ya está bien de quejas! ¡Estoy cansado de tus lloriqueos! Convierte la queja en la descripción de un problema y anímale a que busque soluciones: Vaya, veo que tienes un problema con tu hermano; seguro que encontrarás una solución; siempre me ha gustado de ti tu manera de buscar soluciones creativas.
 
A continuación te adjuntamos una lista de expresiones positivas que ayudan a reducir las quejas y a buscar soluciones a los problemas:
 
Me gustas cuando:
 
. Te esfuerzas en llegar hasta el final
. Tu manera de analizar la situación
. Cuando expresas tus problemas y sentimientos sin exageraciones
. Tu capacidad de entender tus emociones y las de los demás
. Tu habilidad para mantener la calma
. Tu asombrosa capacidad de convertir tus sentimientos en palabras
. Tu manera de convertir los problemas en pequeños inconvenientes
Enséñale a ser generoso. La generosidad y las quejas son incompatibles. Un niño generoso, dispuesto a compartir sus cosas, su tiempo y su trabajo es un niño optimista, con pocos motivos para la queja.
A veces, es conveniente dejarles experimentar las consecuencias de sus quejas. Juan, 13 años, se quejaba constantemente porque quería unas deportivas nuevas. Sus padres decidieron comprárselas a pesar de saber que no era un gasto justificado. Sin embargo, su euforia cesó cuando, durante una semana entera, su madre le ponía para cenar (a él y a toda la familia) garbanzos. Cuando preguntó por qué cenaban cada día el mismo plato, su madre le contestó: ¿Acaso no querías unas deportivas nuevas?. El presupuesto de una cena más onerosa se había invertido en sus deportivas.
 
¿Te parece un poco tajante este caso? Esta experiencia vale más que mil palabras. Ofrécele oportunidades para que sea él mismo el que se de cuenta de que su queja (en muchas ocasiones caprichos) no era justificada y de que conlleva consecuencias.
Enséñale a convertir una queja en una petición de ayuda o en una descripción del problema:
 
Para niños pequeños: Te oigo pero no te escucho; no lo haré hasta que dejes de utilizar ese tono de queja y me hables con la voz que tanto me gusta oír
 
Para adolescentes: ¿Quieres repetir lo que acabas de decir en otro tono y con otras palabras, por favor?. Entiendo lo que quieres decir y lo comprendo pero no me gusta que tu petición se convierta en una queja.
Tras la queja se esconde en muchas ocasiones una actitud de pasividad, de conformidad, de egoísmo y de irresponsabilidad. Quejarse es muy lícito y humano pero ¡cuidado! lo grave no es quejarse sino las actitudes que se esconden tras ella. Una queja, en un momento dado con un motivo justificado es una queja aceptable. Una queja fácil, reiterativa, sistemática y gratuita es un signo de alerta.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

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